Almacén y restaurante.
Proveduría. Minutas. Salón comedor para 30 personas
con radiador eléctrico y mesas al aire libre. Amarras,
reposeras.
Abierto todos los días de 8 a 22hs.
Dirección: Arroyo Abra Vieja. Islas Delta, Buenos Aires
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Texto extraido de pagina12.com.ar
Por María Moreno
Mirá cómo se llama esa casa. Mi negra, aquí
es. Me imagino a un tipo construyéndola en secreto.
Hasta que un día agarra a la mina y le dice: demos
una vuelta por el Delta. La sube a la colectiva y la baja
acá. Y la mina se desmaya por la sorpresa –pero
la novelista que ha venido al Tigre para asistir al mítico
baile de Carnaval del restaurante El Hornero se equivoca (preparada
para la noche con un cabezal de cuernos de reno con lucecitas,
dice que va a usar todos los pasitos que se aprendió
en Radio Estudio de Constitución). Porque la casa,
cuando la alquilaba Titina, actual dueña junto a su
marido Alberto de El Hornero, se llamaba Mi negra y ella le
agregó el “aquí es” que repetía
su hijo Leandro para señalarla orgulloso a las visitas
y cuya primera bicicleta fue un bote. Titina, pulpera de agua
dulce, es el alma de un local de almacén y bar que
desemboca en un patio con mesitas donde los fines de semana
se come la mejor parrillada al aire libre de agua y tierra.
Sacando el abultado álbum de fotos de fiestas diurnas
y nocturnas a prueba de años y de crecientes, Titina
recuerda la época en que un muchacho gay –entonces
la palabra se usaba menos– entraba en el almacén
con una rosa en la mano, se la daba a una clienta y decía:
“Vio, señora, los maricones somos así,
insoportables”. O de aquel otro que le pedía:
“Titina, traeme una cerveza, una porción de queso
y, ¿no tendrías algo para ser más gay?”.
Es que su restaurante, almacén y república liberada
es algo más que un lugar gay friendly. Allí
los hombres que aman a los hombres y las mujeres que aman
a las mujeres son algo más que tolerados o recibidos
por las familias parroquianas para hacer subir el barómetro
democrático. La república de El Hornero prueba
que la convivencia separada por ligustros, la acción
conjunta en la sociedad de fomento y la fiesta con cualquier
pretexto disuelven la discriminación en una palabra
que hasta fines del 2001 era muy poco política: vecino.
También el consumo, porque desde 1970, sobre todo durante
la dictadura, el Tigre fue lugar de resistencia tanto para
gays como para militantes que se fueron nucleando en determinados
ríos como el Rama Negra, o éste que ya desde
el nombre, y como para hacer juego con el lugar, provoca una
vacilación de género: se lo llama indistintamente
Abra Vieja o Viejo. Y resistencia quería decir entonces
poner un límite a la represión, mantener la
vigencia revolucionaria de la alegría y posponer durante
el fin de semana las nuevas de la muerte. Ese conjunto de
casitas con jardín señalizado por los penachos
y las hortensias requirió la tarea de albañiles,
carpinteros, parquistas y posteros que todavía hoy
tienen trabajo y fiesta en El Hornero donde, durante el aperitivo,
suelen optar por los asientos que señalan la tradición
y la larga data: los de cemento. En El Hornero, los niños
nombrados eufemísticamente como “de distintas
capacidades” son recibidos por una Titina que les practica
la discriminación positiva, untándoles ella
misma el pan con la mayonesa casera que ataja el hambre antes
de la llegada de la parrillada. En ellos subraya las caricias
y la conversación, integrando en su amabilidad a padres
acostumbrados a recibir en los lugares públicos la
mirada huidiza o fijada en una agraviante piedad. En El Hornero,
el dueño del yate y el parquista comparten el vino
patero mientras evalúan la conveniencia del motor Suzuki
o la mejor fecha para la poda. Al sin techo se le acerca un
plato de comida y al que cultiva una razón diferente
que la conocida se le recuerda que tome la pastilla. Una utopía
palustre para pequeños burgueses que matizan el bufete
o el consultorio con un viaje en lancha a los Bajos del temor
o la cacería de nutrias en el monte.
La última noche de Carnaval, Daniel y Oscar –El
Capitán– han pedido la tarima para elegir reina
y princesas 2004.
Meneadito, un, dos, tres epsilon, arriba las manos y arriba
y arriba se superponen mientras Delta Sound opera en el equipo
de sonido bajo el techo de glicinas y los perros abotonados
por la excitación del olor humanoperfumado por la cumbia
son separados abruptamente según la técnica
oficial que viene de la gauchada criolla. Paisanos de botas
de goma, con las llaves de la lancha colgando del cinto, parecen
dar pasitos de cine mudo bajo la bola giratoria que no marea
al escritor disfrazado caseramente de fedeyina con una pañoleta
tejida en punto santa clara ni a ese artista plástico
que a todo le da un toque de samba y por eso Titina lo ha
privilegiado con un par de maracas. Nonas en batón
de salir vigilan sin ganas porque el ambiente familiar y las
caras conocidas debilitan el alerta por la debutante de ombligo
desnudo que ha enganchado a un surfista del río San
Antonio. Los retrasados en la suprema a la oriental o la ensalada
de rúcula con provoletas mastican también el
papel picado que cayó de las piñatas.
Desde la época en que el vino y la ambrosía
soltaban la lengua de los filósofos en una Grecia prefreudiana,
de los baños y las vomitonas romanas, la primera condición
de la fiesta debe ser la angustia de esperarla. No en vano
en el inconsciente del que va a una fiesta sobrevive el fantasma
de las antiguas saturnales donde las bailarinas empolvadas
con esencia de albaricoque levantaban las piernas para invocar
la sombra sensual de Baco. Sólo que, en El Hornero,
Baco es el profesor de remo Julián, que se ha puesto
algodón por sobre las medibachas, cuernitos en la cabeza
y toca la flauta dando más fauno que rey de las vides.
La transgresión está en la punta de la memoria
en nombre de las antiguas fiestas paganas, pero en El Hornero
se concentra en los disfraces de reina que aspira a reina,
aunque Juan bautice al suyo My Fair Lady y Alicia diga por
lo bajo que se vistió de Flor de Culo porque se ha
puesto una margarita entre las nalgas.
En los bailes de El Hornero, el tigrero viejo cultiva el vestuario
aprobado por Landrú en Tía Vicenta para la gente
bien: remera de marca, mocasines, bremer al cuello. Sobreviviente
del Petit Café, arrastra algo del espíritu de
Mau Mau y tal vez haya sido un garganta de O5 o asistido a
las fiestas que daba Arturito Alvarez en el Crillon, donde
aparecían joyas bajo las servilletas y el dueño
de casa terminaba adoptando a los perritos del mago. El banlon
de las damas se ha camuflado en nuevas versiones de la tienda
Los Tres Aces y sirven para las fiestas que se organizan a
lo largo del año en la casa denominada con razón
El Gustazo, o para remar bajo la luna llena con la remera
Inés hasta el fin del Abra. Los dueños de Sonoridad
Amarilla, Livia y Javier, escapan del propio restaurante para
ser clientes del de Titina, sobre todo cuando Alberto hace
lemoncello.
El mito dice que las fiestas de La Riviera eran más
grandes, que 1500 disfrazados llegaban en lanchas colectivas
iluminadas con bombitas de colores y desde donde la espuma
de las primeras botellas de champagne caía al río.
Que la nota en una revista dio nombres y apellidos, escrachó
los rostros detrás de los disfraces y muchos perdieron
su empleo. Ahora, chez Titina, el tope son 500, que se extienden
al muelle colectivo y entre las sombras de los árboles
que llegan al Río Sarmiento donde el cartel indica
Tres Bocas. Y en el hotel abandonado que se viene decúbito
dorsal sobre el suelo húmedo y que, dicen, ocupó
Sarmiento, pero también Perón y Evita, con enormes
jarrones en el recibidor y perritos tan añosos que
bien podrían haber pertenecido al General, se ofrecen
cuartos con baño en el placard y free shop bajo la
forma de heladeras Siam de los cincuenta que el encargado
Nelson promociona como ideales para guardar las milanesas
de ayer y hacer picnic en el parque. Porque El Hornero no
tiene alojamiento que no sea la mesa blanca con vista al río
y a la gasolinera de Sonia dando a la imagen un toque de cine
independiente.
Entre los disfraces sobresale el de Cruela DeVille que Néstor
se hizo con piel de dálmata falsa y acompañó
con un anillo a pila, el de conejita de Playboy que luce una
señora ricotona y el de Pájaro de oro, que Inés
alternó durante todo el Carnaval con otro de bacante.
Esta noche, ella será la única mujer premiada
y la segunda princesa.
La casa tipo country con rejas de lanza no es aquella a la
que llaman “Palacio de Buckingham” sino la que
queda casa por medio. De allí salieron la reina del
año pasado –Cristian–, la de este año
–Carlos– y la primera princesa –Juan–.
Salieron también literalmente en dirección a
El Hornero en tacos altos por el camino sinuoso y arisco que
rodea el Abra, arrastrando las colas de tul y a riesgo de
que el peso de las enaguas las mande al fondo del río
como a la protagonista de la película La lección
de piano. Pero no hay peligro: el Abra siempre está
bajo y, como todo en la zona, es para toda la familia. Ni
Juan ni Carlos se reconocen en la palabra transformismo y
mucho menos en travestismo.
“Nos disfrazamos para divertirnos y también por
revancha por todos los años de persecución y
de silencio durante los que te llevaban preso por sólo
caminar por la calle”, dice Juan que, con el corazón
estrujado, formó parte de la primera marcha del Orgullo
Gay cuando los participantes eran poco más que veinte.
“Lo que se premia es también la perseverancia,
el haber venido a todas las fiestas... y el sacrificio de
estar tantas horas sin beber ni ir al baño. Porque,
imaginate, ¿cómo hacemos para sacarnos los corsets,
las trusas superpuestas, las panty? Si estamos como enyesadas”,
dice Carlos para indicar que la copa no se la llevó
sólo por el traje que, como todos, hizo el modisto
Cacho, cuyo taller queda en el arroyo Santa Rosa. El de Carlos
es de tul fucsia, de espalda escotada, y el de Juan de un
encaje rosado que hace juego con el sombrerazo que debe haber
demandado las plumas de por lo menos 20 garzas. Elegidas de
noche reinas y princesas, son las primeras en levantarse para
colgar polizones, miriñaques y corpiños en las
ventanas e ir a tomar sol en sunga al muelle o ir en kayak
Abra abajo. A esa hora, en El Hornero se está haciendo
fuego mientras los gringos tempraneros se sientan a leer mapas,
aunque ignoren el poema de Lugones con esa zoncera de “la
casita del hornero tiene alcoba y tiene sala”.
Han quedado en el aire los ecos de los carnavales de antaño
donde, a pesar de las rimas subidas de las murgas, primaba
la inocentada del plumerito y del pomo que aludían
a una sensualidad de pequeño formato y donde el disfraz
más pobre era el guardapolvo escolar, con caretita
y una escupidera colgando del cinturón: a eso sólo
se atrevían los varones de entonces.
El Tigre es una fiesta, otra que París. Parafraseando
al periodista Carlos Monsiváis, hay que
proclamar que la felicidad es el mínimo compensatorio
para habitar en un lugar.
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